Cuando estaba en trance por el aroma virginal que emanaba del cuello de su víctima, el vampiro volvió en sí percatándose que ella no mostraba resistencia alguna, que su cuerpo lejos de emanar la acostumbrada dosis de fragilidad y miedo, que lo llevaba siempre a un éxtasis delirante, se abandonaba gustosa con cierta complacencia lasciva. No había ni quejidos ni lamentos, ni respiraciones agitadas ni palpitaciones in crescendo. Todo era silencio. Con los colmillos aún clavados en su piel suave, inmaculada, se percató que ella pendía de sus brazos, volviéndose cada vez más pesada. Su sangre llegó hasta su lengua, espumosa, asquerosamente amarga. Invadido por las náuseas y un vacío que lo llevaba al vértigo de un temor hasta ahora desconocido, apartó de sí a su víctima. Sujetándola de los hombros para examinarla bajo la pálida luz de la luna, pudo ver su rostro pétreo y blanquecino, casi fluorescente, sus labios amoratados por donde se metía un mechón de su cabello largo, negro, y que dibujaban una mueca torcida que se asemejaba a una sonrisa. En la mirada de aquella mujer, por donde se colaba un aire frío, descubrió con terror el reflejo de sus propios ojos, vio, como si estuviese cayendo, el abismo oscuro y profundo desde donde miran los muertos.
viernes 25 de enero de 2008
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