jueves 24 de enero de 2008

El arte en estado gaseoso


También la belleza enconchina la casa

Liliana Felipe

Por Yves Michaud

Este mundo es exageradamente bello.

Bellos son los productos empacados, la ropa de marca con sus logotipos estilizados, los cuerpos reconstruidos, remodelados o rejuvenecidos por la cirugía plástica, los rostros maquillados, tratados o lifteados, los piercings y los tatuajes personalizados, el ambiente protegido y conservado, el marco de vida adornado por las invenciones del diseño, los equipos militares con su aspecto cubo-futurista, los uniformes rediseñados tipo constructivista o ninja, la comida mix en platos decorados con salpicaduras artísticas a no ser que de manera más modesta sea empaquetada en bolsas multicolores en los supermercados, como las paletas Chupa Chup. Hasta los cadáveres son bellos cuidadosamente envueltos en sus fundas de plástico y alineados al pie de las ambulancias. Si algo no es bello, tiene que serlo. La belleza reina. De todas maneras, se volvió un imperativo: ¡que seas bello! O, por lo menos, ¡ahórranos tu fealdad!

Según las sociedades, las religiones, los modos de producción, este mundo pudo ser experimentado, vivido o considerado como mundo de dolor o de gozo, de humildad terrenal o de aspiración al más allá; de ninguna manera como bello o como feo. Salvo que ahora los lentes de la estética están bien puestos sobre nuestra nariz y las ideas de belleza bien metidas en nuestra cabeza. Nosotros, hombres civilizados del siglo XXI, vivimos los tiempos del triunfo de la estética, de la adoración de la belleza: los tiempos de su idolatría.

Resulta difícil y hasta imposible escapar de este imperio de la estética. Hasta la visión moral de los comportamientos parece estar ahí “para verse bien”, y la moral se vuelve una estética y una cosmética de los comportamientos. Es necesario que el mundo rebose de belleza y, de repente, rebosa efectivamente de belleza. Este mundo, hoy, es exageradamente bello.

La paradoja en la que me voy a detener es que tanta belleza y, junto con ella, un tal triunfo de la estética se cultivan, se difunden, se consumen y se celebran en un mundo cada vez más carente de obras de arte, si es que por arte entendemos a aquellos objetos preciosos y raros, antes investidos de un aura, de una aureola, de la cualidad mágica de ser centros de producción de experiencias estéticas únicas, elevadas y refinadas. Es como si a más belleza menos obra de arte, o como si al escasear el arte, lo artístico se expandiera y lo coloreara todo, pasando de cierta manera al estado de gas o de vapor y cubriera todas las cosas como si fuese vaho. El arte se volatilizó en éter estético, recordando que él éter fue definido por los físicos y los filósofos después de Newton como medio sutil que impregna todo los cuerpos.

Esta desaparición de las obras para dejar lugar a un mundo de belleza difusa, profusa, como gaseosa, nace, nació, de varios procesos. Por un lado, un movimiento de desaparición de la obra como objeto y pivote de la experiencia estética llegó progresivamente a su fin. Ahí donde había obras sólo quedan experiencias. Las obras han sido remplazadas en la producción artística por dispositivos y procedimientos que funcionan como obras y producen la experiencia pura del arte, la pureza del efecto estético casi sin ataduras ni soporte, salvo quizá una configuración, un dispositivo de medios técnicos generadores de aquellos efectos. Una instalación de video como ya se ve en cualquier galería o en las boutiques de lujo es el paradigma de esta especie de dispositivo productor de efectos estéticos.

Segundo proceso interno del mundo del arte, diferente del primero pero desemboca en lo mismo: un movimiento de inflación de obras hasta su extenuación. Desde este segundo punto de vista, las obras no desaparecen por evaporación o volatilización sino, al contrario, por exceso y hasta por plétora, por sobreproducción: al multiplicarse, al estandarizarse, al volverse accesibles al consumo bajo formas apenas diferentes en los múltiples santuarios del arte transformados en medios de comunicación de masas (los museos son mass media). Hay tanta profusión y tanta abundancia de obras, tanta superabundancia de riquezas que ya carecen de intensidad: abunda la escasez y lo fetiche se multiplica en los departamentos del supermercado cultural. Casi al mismo tiempo, en el campo de la relación con las experiencias y del culto del arte, se ve la racionalización, la estandarización y la transformación de la experiencia estética en producto cultural accesible y calibrado. Ésta es la verdad en la época, primero del tiempo libre, del turismo y de los progresos de la democratización cultural y, segundo, de la mediación cultural. Lo que se traduce y se manifiesta a la luz del día en el desarrollo y posteriormente la inflación del número de museos y su transformación en templos comerciales del arte (malls del arte). En éstos se consume, en todos los sentidos del término “consumir”, una producción industrial de las obras y de las experiencias que desemboca, también, en la desaparición de la obra.

Estos dos procesos afectaron el mundo escaso o con esta reputación -y a pesar de todas las evidencias- de las artes del museo, del gran arte, de lo que se llamaba y se sigue llamando todavía, a veces por costumbre, nostalgia o ilusión, las “bellas artes”, las fine arts, de lo que a veces, bajo la presión del cambio, se llega a designar por medio de una antífrasis que conserva sin embargo la huella de su origen: “las artes que ya no son bellas”. Aunque viene aquejado por la inflación y encaminado a consumirse, este mundo sigue con la reputación de escasez y enrarecimiento por necesidad de mantenerlo a la altura de su reputación y para preservar la ilusión: la ilusión de lo que no tiene precio, aun cuando está hecho de centenares de millares de transacciones debidamente listadas por artprice.com o Kunstkompass.

Al lado de aquellos dos procesos y fuera de aquella esfera especializada, protegida y condicionada del arte, operan otros mecanismos, aún más poderosos: los de la producción industrial de los bienes culturales y los de la producción industrial de las formas simbólicas. Hablo esta vez no ya del mundo del arte, sino del mundo de la cultura y más precisamente del mundo de la cultura pop, entendida en términos de cultura comercial popular y del mundo de los productos y de los signos que conforman el cimiento de la sociedad. ¿Un cimiento?

Sí, ya que aun siendo inmaterial mantiene juntas casi todas las partes de nuestras vidas y une a los hombres. Sella entre sí nuestras vidas, las colorea y las modela, mezclándolas con su tonalidad emocional, en lo que los filósofos alemanes llaman Stimmung.* Asocia y reúne a los individuos, a fuerza de repeticiones vendidas por millones de ejemplares, por millones de descargas de música en formato MP3, de millones de espectadores para las megaproducciones cinematográficas y la mitología de Hollywood, de millones de lectores para los productos literarios hechos a la medida. No hay que olvidar todo lo que ya no se ve por estar tan presente y omnipresente: el diseño, el mundo maravilloso de las marcas, los productos de belleza, la cirugía estética, la industria de la moda y del gusto.

El conjunto de aquellos procesos, tanto los internos del mundo del arte como el que actúa en el ámbito de la cultura industrial, engendra este sentimiento poderoso e insidioso según el cual la belleza está en todas partes, debe estar en todas partes, mientras que el arte ya no está en ninguna. Lo que no significa, a pesar de lo que puedan opinar los morados de la gran manera y la virtuosidad, que la habilidad artística haya desaparecido. Al contrario, es más grande que nunca.

Activa y aun hiperactiva, se afana en todas partes con un ingenio desconcertante. Los nietos y ahora bisnietos de Duchamp han invadido los lugares artísticos para depositar ready-made en todas partes.

Grupos de turistas se apresuran a los museos que ya no presentan arte porque son el arte por sí mismos, una especie de establecimientos termales donde la cultura se convierte en cura de experiencia estética. La industria de la cultura se encarga de lo demás con una admirable capacidad de invención, desde el diseño del mobiliario urbano hasta la ropa de marca, desde la música de los elevadores hasta las salas de fitness, de los best-sellers temporales hasta los alimentos de franquicia.

En efecto, de manera impresionante, el mundo es bello, menos en los museos y centros de arte; en estos lugares se cultiva otra cosa de la misma cepa, y de hecho, lo mismo: la experiencia estética, pero en su abstracción quintaesenciada, lo que quedó del arte cuando se volvió humo o gas.

Fragmento de El arte en estado gaseoso, Yves Michaud, Fondo de Cultura Económica, 2006.
(El epígrafe es una adición del autor de este blog.)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

BUEN POST!

Dónde puedo descargar este libro?
Lo he intentado comprar y esta agotado.


leott81@yahoo.com

Anónimo dijo...

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acá lo puedes descargar